El Tubo con peques: guía para ir de tapas en familia sin morir en el intento
Ir de tapas por El Tubo es una de las experiencias más zaragozanas que existen, y también una de las que más respeto imponen cuando salimos con peques. Sus callejuelas estrechas, los bares diminutos y la marea de gente pueden hacernos pensar que ese plan no es para nosotras. La buena noticia es que sí lo es. Solo hay que saber a qué locales ir, qué pedir para acertar con los más pequeños y, sobre todo, elegir bien la hora.
En esta guía os contamos nuestras paradas favoritas para tapear en familia: dentro de El Tubo, a un paso (en las calles de alrededor, a veces con más espacio para el carrito) y algún clásico del casco que, sin ser Tubo, merece mucho la pena. El casco histórico de Zaragoza es ideal para hacer una ruta de tapas.
(Nota , hay bastantes más y todos muy ricos, pero estos son los que frecuentamos más a menudo y lo contamos de primera mano. Este artículo no es publicidad, es nuestra experiencia con nuestras familias)
Qué es El Tubo (por si venís de fuera)
El Tubo no es una calle, es un pequeño laberinto de callejones estrechos en el casco histórico de Zaragoza, en el barrio de San Gil, muy cerca de la plaza del Pilar y con acceso desde la plaza de España. Lo forman calles como Estébanes, Libertad, Mártires, Cuatro de Agosto o Cinegio, y su nombre viene precisamente de esa estrechez: unas calles alargadas y angostas que recuerdan a un tubo. Es la zona de tapeo más famosa de la ciudad, con siglos de historia a sus espaldas y una mezcla muy suya de tradición y modernidad.
Antes de empezar: nuestra pequeña filosofía
En estas salidas nosotras siempre recomendamos lo mismo: aprovechar para educar el paladar de los peques y animarles a probar cosas nuevas. Una tapa es el formato perfecto para eso, porque prueban un bocado sin comprometerse a un plato entero. Eso sí, os avisamos con cariño: la jugada puede salir cara, porque muchos peques se aficionan enseguida a las tapas gourmet y luego ya no hay quien les convenza con un sándwich. Merece la pena igualmente.
Tres reglas de oro para ir con peques
1. Adelantad los horarios. Sobre las 13:00 h a mediodía o las 20:00 h por la noche encontraréis hueco con mucha más facilidad y os atenderán con calma. En El Tubo, media hora antes marca la diferencia entre disfrutar y agobiarse.
2. Ojo con el carrito. Muchas calles son estrechas y varios bares son de barra reducida, así que el carrito puede convertirse en un estorbo. Si vuestros peques ya aguantan de pie un rato, o si aún son bebés, el porteo o una silla ligera de plegado rápido son vuestros mejores aliados.
3. Buscad «comida amiga». Croquetas, champiñones, migas, patatas, calamares y huevos rotos suelen triunfar entre la tropa menuda. Son sabores reconocibles, fáciles de compartir y de comer sin demasiada ceremonia. Aunque podéis arriesgar y que prueben una de las tapas más nuestras, las madejas. A los míos siempre les han gustado. No hace falta que les contemos de qué están hechas (jeje)
En pleno corazón de El Tubo
Bodegas Almau (calle Estébanes, 10)
Una de nuestras debilidades y una parada obligada en cualquier ruta por El Tubo. Abrió en 1870 como despacho de vinos y hoy, cuatro generaciones después, es un templo del vermut y, sobre todo, de la anchoa. Las sirven en su versión clásica y también en combinaciones que sorprenden, como la famosa anchoa con confitura de tomate y virutas de chocolate. Su interior forrado de botellas (más de 800 referencias) y su colorida fachada de azulejos son ya parte del paisaje del Tubo, y no es casualidad que la revista Forbes la eligiera entre los diez mejores bares de tapas de España.
Por qué ir con peques: su gran baza para familias es la terraza, recuperada de un antiguo solar tapiado y con muchísimo encanto, que da un respiro frente al bullicio de la barra. Es un sitio ideal para eso de educar el paladar: la anchoa con chocolate es toda una aventura y, para los más clásicos, tienen croquetas, bravas y montaditos. Suele estar hasta arriba, así que mejor llegar pronto.
El Champi (calle Libertad, 16)
Un imprescindible absoluto y un éxito casi garantizado por su sencillez. Aquí solo sirven una cosa: un montadito de tres champiñones a la plancha, coronados con una gamba y regados con su famosa salsa verde de ajo y perejil, que empapa el pan.
Por qué ir con peques: el concepto les divierte, el servicio es rapidísimo (pides y te lo ponen al momento) y suele gustarles mucho. Un detalle a favor: ofrecen opción sin gluten, algo que no siempre es fácil de encontrar en bares tan tradicionales. Tened en cuenta que la gamba lo convierte en un plato con crustáceo, así que si en casa hay alergia conviene pedir la banderilla solo con champiñón.
Doña Casta (calle Estébanes, 6)
Las croquetas son ese recurso infalible cuando salimos a comer fuera, y las de Doña Casta están consideradas de las mejores de la ciudad. Tienen una variedad enorme, desde las clásicas de jamón hasta combinaciones más elaboradas para el paladar adulto, y también son famosos sus huevos rotos.
Por qué ir con peques: la croqueta es el comodín perfecto para los más pequeños. Eso sí, es un local concurrido y con sitio justo para sentarse, así que mejor llegar pronto o ir directas a la barra en horas tranquilas.
La Miguería (calle Estébanes, 4)
Las migas aragonesas son un plato sabroso, suave y muy reconfortante, y en La Miguería llevan haciéndolas desde 1995. Las sirven en muchas versiones: con chorizo, longaniza, morcilla, uvas, huevo frito o torrezno, y en raciones generosas ideales para compartir en familia.
Por qué ir con peques: es de los pocos sitios de la zona con mesas donde sentarse con calma, y disponen de tronas, un lujo poco habitual en El Tubo. Los fines de semana conviene reservar.
Vinos Nicolás (esquina de Libertad con Estébanes)
Uno de los clásicos más castizos del Tubo, con el año 1912 luciendo en su cartel. Aquí la lista de tapas es interminable: fritos, montaditos, huevos rotos, bombas, bravas, croquetas, un plato de jamón muy celebrado, la patata asada o la gamba orly, todo ello con vinos por copa.
Por qué ir con peques: es tapa popular de la de toda la vida, fácil de compartir y con opciones que suelen gustar a los peques (bravas, croquetas, patata). Como casi todo en el Tubo, es pequeño y se llena, así que id pronto.

El Truco (calle Estébanes, 2)
Nuestra recomendación especial para familias con celiaquía o intolerancias. Toda su carta es 100% sin gluten y trabajan con cero contaminación cruzada, en un ambiente familiar y cercano. Van desde las patatas bravas o los huevos rotos con carrillera hasta croquetas premiadas año tras año.
Por qué ir con peques: poder pedir cualquier cosa de la carta con total tranquilidad, sin estar pendientes de cada ingrediente, es un descanso enorme cuando comes fuera con peques celíacos. Es pequeño y muy popular, así que puede haber cola. Un apunte importante de horarios: suele cerrar los martes y los miércoles solo abre a mediodía.
Y si os apetece un tapeo más moderno sin salir del Tubo, El Bula (calle Mártires, 8) borda las tapas y raciones actuales, como su montadito Bula de solomillo de cerdo con tomate o las croquetas.
Sin salir de El Tubo, pero cambiando de registro
Pizzería Pomodoro (calle Coso, 33, entrada por calle Mártires)
Cuando los peques piden pizza y no hay negociación posible, esta es nuestra parada. Pomodoro es un clásico de pizza napolitana de verdad, con masa fina y producto muy cuidado. También hacen pasta fresca casera.
Por qué ir con peques: la pizza siempre es terreno seguro y el sitio es muy agradable. El detalle a tener en cuenta: es minúsculo (apenas cuatro mesas) y se llena enseguida, así que id pronto, reservad o valorad llevarla para casa.
Casa Lac (calle Mártires, 12)
Para peques más mayores, con paladar curioso y a los que les guste la verdura, esta es una joya. Casa Lac es, ni más ni menos, el restaurante con la licencia más antigua de España (funciona desde 1825), y su cocina gira en torno a las verduras de temporada de la Ribera de Navarra: borrajas, alcachofas, cardos, espárragos, tomates.
Por qué ir con peques mayores: es un sitio con historia y mucho encanto (el local es muy bonito), perfecto para una comida especial y para que descubran que la verdura puede ser una delicia. En su barra podéis pedir en formato tapa o media ración, ideal para ir probando. Es un restaurante de mantel, con su presupuesto acorde, así que va mejor para una ocasión especial y conviene reservar.
A un paso de El Tubo
Cuando el gentío aprieta o queremos sentarnos con más espacio, las calles de alrededor (sobre todo Don Jaime I y la plaza de Santa Marta) tienen paradas estupendas. Estas son algunas de nuestras favoritas.
Belanche (calle Don Jaime I, 44)
Una marisquería clásica de Zaragoza, de las de toda la vida (funciona desde 1942). Barra repleta de producto del mar: gambas a la plancha, calamares, pulpo, navajas, mejillones. Servicio rápido y ambiente muy animado.
Por qué ir con peques: los calamares y el pulpo suelen entrar bien entre los pequeños. Es un local pequeño y concurrido, así que mejor pronto. Al ser marisquería, hay mucho crustáceo en la carta: si tenéis alergia en casa, preguntad.
Marisquería Tony (calle Don Jaime I, 40)
Justo al lado de Belanche, otro marinero clásico. Aquí las estrellas son las frituras y los rejos, las anchoas en salmuera, los chipirones a la plancha, el pulpo a la gallega y sus famosas croquetas de carabinero. Mi debilidad aquí son los tigres de mejillón. Buenísimo siempre también el plato de tomate.
Por qué ir con peques: las puntillas y los chipirones casi nunca fallan con los peques. Como en toda marisquería, avisad si hay alergia a crustáceos y os orientarán.
La Flor de Lis (calle Don Jaime I, 34)
Nuestra apuesta para cuando queremos sentarnos con calma. Es una «alta taberna aragonesa» de cocina tradicional con toque contemporáneo (tiene el Solete Repsol), con croquetas, platos de cordero y presentaciones muy cuidadas.
Por qué ir con peques: dispone de tronas y opciones sin gluten, vegetarianas y sin lactosa, así que es de las más cómodas de toda la ruta para comer sentados y sin prisas. Conviene reservar.

Casa Dominó (plaza de Santa Marta)
El bar donde se inventó el legendario montadito de jamón batido. Especialistas en montaditos (más de ochenta), tablas de quesos y curados. Está en una plaza tranquila, con terraza, lo que se agradece mucho cuando vamos con carrito.
Por qué ir con peques: los montaditos son perfectos para comer con las manos y compartir, y el espacio de la plaza da respiro. A nosotros nos gustan mucho los gratinados y las tablas de queso. Ojo con los horarios: suele cerrar lunes y martes, y entre semana abre sobre todo por las noches.
Dídola (Don Jaime I 28)
Con su terraza secreta para estar tranquilos un rato y sus bocatas para untar (Sí, para untar y deliciosos) es una buena opción para comer o cenar. Su plato estrella que triunfa entre los peques es el Pollo Pepe y las Patatas Garfio. Tienen tapas ricas y raciones al mediodía.
Además, entre semana tiene un menú casero muy rico y muy bien de precio y para los findes recomendamos especialmente la carta de bocadillos y raciones (bocatas solo en horario de noche). Está en Don Jaime . Atención también a sus deliciosas tartas.
Es pet friendly.
Y de pasada: el casco tiene mucho más
El casco histórico está lleno de opciones interesantes más allá de El Tubo. Dos que nos gustan especialmente, aunque no sean Tubo: el clásico Los Cabezudos en Santa Marta (la opción gourmet, cuando vuestros peques descubran el surtido de concha no querrán ir a otro sitio), La Republicana en Méndez Nuñez con sus excelentes tapas e imperdible decoración, Los Vitorinos (calle José de la Hera, 6), un bar mítico desde 1969, de decoración taurina (a mi de pequeña siempre me daba un poco de cosica ver la decoración) y tapas muy elaboradas, más pensado para disfrutar en pareja o en grupo que con peques pequeños porque además es diminuto o El Caldero Mágico (calle Jordán de Urriés, 6-8), un restaurante tematizado al estilo Harry Potter con su Gran Comedor de velas, varitas y sombrero seleccionador, que hace las delicias de los fans de la magia y es un planazo para una celebración en familia.
Un apunte sobre alergias
El Tubo es terreno de tapa tradicional, y eso significa que conviene preguntar siempre. Muchas croquetas de autor llevan frutos secos o piñones, varias tapas incluyen gamba o langostino, y en las marisquerías el crustáceo es protagonista. Si en vuestra familia hay alergias (en la mía somos expertos), avisad en la barra antes de pedir: el personal está acostumbrado y os orientará. En caso de alergia a crustáceos, los moluscos (calamar, pulpo, sepia, mejillón, almeja) suelen ser una alternativa segura, pero confirmadlo siempre.
Para acabar bien: el postre
Para cerrar la ruta de la roma mas dulce, nada como salir de las callejuelas hacia la basílica del Pilar y rematar con churros y chocolate en la mítica Churrería La Fama (calle Prudencio, 25, frente a la plaza del Pilar). Sus churros finos y su chocolate espeso son un clásico de varias generaciones. a mi personalmente em encanta el chocolate frío que preparan, pero para los clásicos, el caliente está de miedo también. (En agosto están de vacaciones)
Aviso para familias: es un local pequeño y suele haber cola, sobre todo en fin de semana, así que armaos de paciencia o id a una hora tranquila. Si preferís evitar la espera, muy cerca tenéis Lalmolda (calle Casto Méndez Núñez, 12), otra chocolatería familiar de toda la vida con muy buena relación calidad-precio.
Y con eso, ruta completa: unos champiñones, unas anchoas, unas croquetas, unas migas y un chocolate con churros para terminar. El Tubo con peques no solo se puede, sino que puede convertirse en uno de esos planes que luego repetís.
Los horarios y cartas de los locales pueden variar, así que os recomendamos confirmarlos antes de vuestra visita.


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