Artículo en colaboración con Desmontando a la Pili
No necesitas tener todas las respuestas ni saber exactamente qué decir en cada momento. La educación sexual empieza mucho antes de hablar de sexo y está presente en muchas situaciones cotidianas de la crianza. En este artículo repasamos algunas ideas sencillas para empezar a acompañarla desde casa.
Sí, la educación sexual empieza desde peques. Y no, no hace falta tener un máster en sexualidad para hacerlo bien. Te lo contamos desde Desmontando a la Pili, un proyecto de sexólogas dedicadas a la educación sexual desde hace más de 15 años.
Si eres madre, padre o acompañas de cerca a un niño o una niña, probablemente ya estás haciendo educación sexual, aunque no te hayas parado a pensarlo. Cada vez que respondes a una pregunta sobre su cuerpo, respetas que no quiera dar un beso, eliges un cuento en el que aparecen distintos tipos de familias o le ayudas a poner palabras a lo que siente, estás transmitiendo mensajes sobre sexualidad.
Así que, para empezar, tranquilidad. No es tan complicado como quizá nos han hecho creer. Ya tenemos muchas herramientas. Y las que todavía no tenemos, podemos aprenderlas.

Pero, ¿qué entendemos por educación sexual?
Cuando hablamos de sexualidad, no estamos hablando únicamente de relaciones sexuales o de prácticas eróticas. La sexualidad es muchísimo más amplia y nos acompaña durante toda la vida.
Tiene que ver con aprender a conocer y cuidar nuestro cuerpo, construir una relación positiva con él, comprender la diversidad, desarrollar nuestra identidad y expresión de género, aprender a poner límites y respetar los de otras personas, relacionarnos, expresar afectos o entender nuestras emociones. Muchas de estas cosas empiezan a construirse desde la primera infancia.
Por eso, educar en sexualidad desde pequeños/as es, entre otras muchas cosas, educar en salud y en libertad. Cuando conocemos nuestro cuerpo, entendemos cómo funciona y aprendemos a cuidarlo, estamos adquiriendo herramientas para nuestra salud. Y cuando desarrollamos una buena autoestima y aprendemos a respetarnos, tenemos más recursos para tomar decisiones y cuidarnos.
Además, la educación sexual no ocurre en el vacío. Nuestros hijos e hijas reciben constantemente mensajes sobre cuerpos, relaciones, género, amor y sexualidad. De nosotros/as, sí, pero también de sus iguales, de las/os vecinas/os, de las redes sociales, de las películas y series, de la publicidad, de internet, etc.
Por eso, creo que merece la pena acompañarles desde casa, con criterio y cariño, en lugar de dejar que sean otros quienes ocupen ese espacio sin que sepamos muy bien qué mensajes están recibiendo.
Vale… ¿y por dónde empiezo?
El cómo: naturalidad, tranquilidad y mucho más que palabras
Una de las mejores herramientas que tenemos es, precisamente, la naturalidad.
Cuando te haga una pregunta, intenta responder con tranquilidad. No hace falta tener siempre la respuesta perfecta ni convertir cada pregunta en una clase magistral. A veces basta con responder a lo que están preguntando, utilizando palabras que puedan comprender, y dejar abierta la puerta para seguir hablando.
Y hay algo especialmente importante: no solo educamos con lo que decimos. También educamos con nuestro lenguaje no verbal, con nuestras reacciones y con la manera en que nos relacionamos con ellos/as y con otras personas.

Educamos cuando respetamos sus límites y esperamos que ellos respeten los de los demás. Cuando mostramos afecto de una manera positiva. Cuando hablamos de nuestros cuerpos sin burlas ni vergüenza. Cuando elegimos los cuentos, películas o series que ven, o al ofrecerles referentes diversos. En definitiva, educamos también con el modelo que les ofrecemos. Y eso, aunque a veces no seamos conscientes, dice muchísimo.
Enseñar a pensar también es educación sexual
Hay otro aprendizaje fundamental que deben adquirir: desarrollar el espíritu crítico.
Vivimos rodeados/as de información. Y también de desinformación, mensajes contradictorios, publicidad, contenidos diseñados para captar nuestra atención y modelos de relaciones o de cuerpos que no siempre son saludables.
Ayudarles a aprender a pensar, hacerse preguntas y reflexionar les dará herramientas para enfrentarse a todo eso. Por ejemplo, para cuestionar mensajes falsos o dañinos, detectar estereotipos, poner límites a la infoxicación —esa intoxicación por exceso de información— y, cuando llegue el momento, tomar sus propias decisiones con más criterio y menos presión social. No se trata de darles respuestas para todo. Se trata también de enseñarles a hacerse buenas preguntas.
¿Y qué les contamos?
Aquí aparece una de las dudas más frecuentes: «Vale, pero ¿qué tengo que enseñarles?».
Y la respuesta es bastante más amplia que hablarles de reproducción y prevención de infecciones.
Nombrar las cosas por su nombre
Utilicemos los nombres correctos para las partes del cuerpo. El lenguaje nos ayuda a construir el pensamiento. Tener palabras para nombrar nuestro cuerpo facilita hablar de él, comprenderlo y pedir ayuda cuando lo necesitamos.
No necesitamos inventar nombres especiales para los genitales. Igual que enseñamos que tenemos una nariz, una barriga o unas rodillas, podemos enseñar que tenemos vulva, pene, testículos o ano.
Nombrar correctamente no quita naturalidad. Al contrario: la aporta.

Hablar de los cambios antes de que lleguen
No esperemos a que llegue la pubertad para explicar qué va a ocurrir. Los cambios físicos y emocionales de la pubertad conviene explicarlos antes de que sucedan, para que puedan vivirlos con información y no como algo inesperado o extraño. Y no hablamos solo de menstruación o de cambio de voz. También hay que contar cosas sobre los pelos, el pecho, las emociones, la atracción, las erecciones, las eyaculaciones, los cambios en la piel, el olor corporal…
Saber de antemano que nuestro cuerpo va a cambiar ayuda a vivir esos cambios con mayor seguridad y a entender mejor a tus iguales.
Hablar de diversidad familiar y afectiva
El mundo es diverso y nuestras familias también. Hay familias con una madre y un padre, con dos madres, con dos padres, monoparentales, reconstituidas, adoptivas, extensas… Y también hay diferentes formas de vivir los afectos y las relaciones.
Presentar esta diversidad desde pequeños ayuda a que puedan comprender que no existe una única manera válida de ser familia, de querer o de relacionarse. Hacerlo no requiere grandes discursos. Muchas veces basta con que la diversidad forme parte de lo cotidiano.
Consentimiento y límites
Otro aprendizaje fundamental es saber decir «no» y, exactamente igual de importante, saber escuchar un «no». Podemos enseñarles desde pequeños/as que su cuerpo les pertenece y que pueden decidir sobre él, dentro de los límites propios de cada etapa. Y podemos enseñarles también que las demás personas tienen ese mismo derecho.
Esto se practica en situaciones muy cotidianas: no obligarles a dar besos o abrazos, respetar cuando no quieren cosquillas, preguntar antes de tocar o enseñarles que tienen que parar cuando otra persona dice que pare. Poner límites y aceptar los límites de los/as demás se aprende. Y se aprende practicándolo desde pequeños/as.
Placer y bienestar
También es importante hablarles de placer y bienestar. De aprender a disfrutar del propio cuerpo, de reconocer qué nos hace sentir bien y qué no, y explicar que la sexualidad no debería vivirse nunca desde el miedo o la obligación.
Con estas cosas a veces funciona mejor entenderlas desde el cuerpo: ofrecerles un masaje en la cabeza o en la espalda, es otra manera de aprender a conectar con las propias sensaciones placenteras poco a poco.
Prevención del abuso sexual infantil
Sé que este tema puede resultar especialmente incómodo. Precisamente por eso es importante hablar de él con naturalidad y sin alarmismo.
Está bien demostrado que la educación sexual (que incluye todo esto que estamos contando) es un factor protector frente al abuso. Por ejemplo, podemos enseñarles desde pequeños/as es cuáles son sus partes íntimas y quién puede necesitar tocarlas y en qué circunstancias. Enseñarles a conocer su cuerpo y a identificar situaciones en las que necesitan pedir ayuda, o aprender a distinguir entre buenos y malos secretos. Todas estas cosas aparentemente pequeñas son muy útiles.
La educación sexual también se hace en comunidad
Hay una frase que me gusta mucho: «para educar hace falta una tribu». La educación sexual tampoco es algo que se haga a solas.
Hablar con otras familias, con nuestra pareja si la tenemos, con los abuelos y abuelas, con otras personas adultas de confianza… puede ayudarnos a resolver dudas, compartir recursos y descubrir que muchas de las preocupaciones que tenemos son mucho más comunes de lo que pensamos.
También podemos interesarnos por cómo se aborda la educación sexual en el colegio, proponer una charla desde el AMPA o AFE, o pedir a la biblioteca del barrio que incorpore cuentos y libros sobre el tema (¡aunque ya suelen estar bien surtidas!).
Porque sí: también necesitamos crear entornos que acompañen esta educación.
Una educación sexual también libre de estereotipos
Educar en sexualidad implica también cuestionar los estereotipos de género que seguimos transmitiendo, muchas veces sin darnos cuenta.
Por ejemplo, es importante que los niños aprendan a reconocer y expresar todas sus emociones, incluida la tristeza, el miedo o la ternura. Que sepan que pueden cuidar y dejarse cuidar. Que puedan pedir ayuda. Que no tengan que renunciar a una parte de sí mismos para encajar en una determinada idea de masculinidad.
Y a las niñas necesitamos transmitirles con la misma claridad que no tienen que ser dóciles, complacientes, cuidadoras ni agradar a todo el mundo.
Sé que probablemente nadie les dice estas cosas literalmente. El problema es que los mensajes también llegan de maneras mucho más sutiles: en los cuentos, en los juguetes, en la publicidad, en las películas, en los comentarios cotidianos, en los modelos que ven a su alrededor…
Por eso conviene poner atención.
Y hay otro mensaje que deberíamos repetir a niños y niñas: su valor no depende de cómo sea su cuerpo ni de lo guapos o guapas que sean.
No necesitan cambiar su aspecto para merecer cariño, respeto o aceptación.

¿Y si mi hijo o hija necesita apoyos específicos?
Todo lo que hemos hablado también es válido para ellos y ellas, por supuesto.
Lo que tendremos que adaptar es cómo transmitimos la información, teniendo en cuenta sus capacidades, su forma de comunicarse y su momento evolutivo, igual que hacemos con otros aprendizajes. Actualmente existen, además, materiales específicos y recursos adaptados que pueden ser de muchísima ayuda. Lo importante es no caer en la idea de que, por tener necesidades educativas especiales, no necesitan educación sexual. La necesitan y tienen derecho a recibirla, con la adaptación necesaria.
Para empezar, no necesitas hacerlo perfecto
Así que ya sabes: no hace falta saberlo todo para empezar a educar en sexualidad. Hace falta tener ganas de hacerlo bien, observar, escuchar, informarse y estar disponibles para acompañarles.
Puedes empezar esta misma semana. Respondiendo de otra manera a una pregunta. Buscando un cuento. Hablando sobre los límites. Revisando algún mensaje que transmitimos sin darnos cuenta. Preguntándote qué están aprendiendo sobre los cuerpos y las relaciones a través de lo que ven.
La educación sexual es un proceso que se va cultivando. Y, como tantos otros aprendizajes relacionados con la crianza, iremos aprendiendo mientras acompañamos.
¿Prefieres que alguien te eche una mano con todo esto? Hemos creado la escuela online Cultiva Cuidados justo para eso: ¡échale un vistazo!


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