Firma invitada: Karina Astegher
Cuando pensamos en un estudiante universitario, a muchos nos viene a la cabeza la misma imagen: alguien joven que pasa las tardes en la biblioteca, lee sin prisas y se queda charlando en los pasillos después de clase. Ese estudiante existe, claro, pero cada vez se parece menos a lo que hay en las aulas. Allí se sientan también dependientas, teleoperadores, camareros, repartidores, administrativas. Y también madres y padres que han decidido retomar los estudios con la casa, los niños y el trabajo a cuestas. Personas que estudian mientras trabajan, y que trabajan porque lo necesitan. Para ellas, la universidad no es una etapa de la vida dedicada a formarse: es algo que hay que encajar entre turno y turno, entre la recogida del cole y la cena.
Aun así, muchas universidades siguen funcionando como si ese alumno no existiera. Los planes de estudio son rígidos y la carga de trabajos y prácticas no deja de crecer. Con tan poco margen, no es raro que muchos estudiantes acaben tirando de generadores de texto y de un humanizador de IA que retoca lo escrito antes de entregarlo. Más allá del juicio que nos merezca, es una señal clara de la distancia que hay entre lo que la universidad exige y la vida real de quienes estudian en ella.
La universidad tiene pendiente entender a quienes estudian y trabajan a la vez, sin caer en juicios fáciles. Y para hacerlo hay que mirar también de dónde viene cada uno. No basta con contar cuántas horas trabaja un alumno: hay que tener en cuenta la soledad, las trabas administrativas y el desgaste que convierten sus estudios en una prueba de resistencia, física y emocional.
Cuando el cansancio se convierte en rutina
Entre el trabajo, los desplazamientos y las clases, la jornada de un estudiante que trabaja puede superar con facilidad las doce horas. Si además tiene hijos a su cargo, el día se alarga todavía más. Su atención está siempre partida en dos, o en tres: pasa de resolver un problema en el trabajo a intentar entender un tema de la asignatura, muchas veces sin tiempo para cambiar el chip.
A eso se suma el cansancio acumulado. Para llegar a todo, lo primero que se sacrifica es el sueño, con lo que eso supone para la salud. Cualquiera que haya pasado una temporada durmiendo poco (y quienes tenéis peques pequeños lo sabéis bien) conoce el efecto: cuesta concentrarse, se olvidan las cosas, leer un texto complicado se vuelve una montaña. Justo lo que más se necesita para estudiar.
Pedir excelencia académica a alguien que está agotado de forma crónica es, sencillamente, pedirle algo muy difícil de dar.
Estrés que no se ve y salud mental
El estudiante que trabaja vive en alerta constante. Le preocupa llegar tarde al trabajo porque un examen se ha alargado, o perder una asignatura porque no puede salir antes
de su turno. Esa tensión mantenida en el tiempo es terreno abonado para la ansiedad y el bajo estado de ánimo.
Su tiempo libre, cuando lo tiene, se va en leer apuntes y preparar trabajos. Parece lo lógico, pero significa que nunca desconecta ni recupera fuerzas. Y si se permite descansar un rato, un domingo en el parque o una tarde de juegos en casa, lo hace con la culpa de pensar que debería estar estudiando.
Con el tiempo, ese desgaste va minando la autoestima. Muchos acaban pensando que el problema es suyo, que no valen, cuando en realidad sus tropiezos son la consecuencia lógica de un sistema que no está pensado para ellos.
Horarios pensados para quien no trabaja
La forma en que se organizan los horarios es otro obstáculo. Hay planes de estudio con una clase a media mañana, otra a media tarde y una práctica a última hora. Para quien tiene un empleo, o una familia que atender, esa dispersión significa casi siempre perderse alguna de ellas.
Y faltar tiene consecuencias. Muchas asignaturas exigen un mínimo de asistencia o evalúan de forma continua en clase, y no cumplirlo puede suponer ir directamente al examen final en peores condiciones o tener que repetir la asignatura el curso siguiente, lo que retrasa toda la carrera.
Detrás de estas normas hay una idea que nadie dice en voz alta: que el estudiante puede dedicarse solo a estudiar. Por eso castigan en exceso los retrasos y las ausencias de quienes, además, tienen que ganarse la vida o sacar adelante a su familia.
Presencialidad y trabajos en grupo
Con las herramientas digitales que tenemos hoy, sorprende que algunos profesores sigan valorando más estar sentado en el aula que haber aprendido de verdad los contenidos.
Los trabajos en grupo plantean un problema parecido. A quien tiene turnos rotativos o jornadas largas le cuesta muchísimo cuadrar horarios con compañeros que no trabajan. El resultado es que acaba en un papel secundario dentro del equipo, y no por falta de interés, sino porque no hay manera de coincidir.
Lo que pasa fuera del aula
La universidad no consiste solo en sacarse un título. También es el lugar donde se hacen amistades, se participa en proyectos, se entra en grupos de investigación y se construye una red de contactos que puede ser decisiva más adelante.
El estudiante que trabaja rara vez tiene acceso a todo eso. Llega, va a clase, se examina y se marcha. No le queda tiempo para conferencias, debates ni para esa relación con el profesorado que se cultiva fuera de las horas de clase.
Esa exclusión silenciosa perpetúa la desigualdad. Al terminar la carrera, quien ha contado con apoyo económico desde el principio sale con el título y, además, con
contactos académicos y profesionales. Quien ha trabajado mientras estudiaba sale con el título y con el mérito, enorme pero poco visible, de haberlo conseguido a contrarreloj.
Empleos para sobrevivir frente a empleos para crecer
La brecha continúa en lo laboral. A los estudiantes con más recursos les suele resultar más fácil acceder a prácticas, becas de colaboración o trabajos flexibles relacionados con lo que estudian.
Quienes son la primera generación de su familia en pisar la universidad, o necesitan trabajar para pagarse los estudios, rara vez tienen esos contactos. Acaban en empleos que les aportan poca experiencia útil para su futuro, a menudo precarios y físicamente exigentes.
No hay nada de indigno en repartir comida o atender en una tienda. El problema es que esos trabajos no abren las puertas profesionales por las que tanto se han esforzado.
Qué podría hacer la universidad
Hay medidas concretas que ayudarían a que muchos de estos estudiantes no se quedaran por el camino.
La primera, ofrecer turnos de tarde y de noche con las clases agrupadas, sin horas muertas entre una y otra. La segunda, flexibilizar la asistencia para quienes acrediten un contrato de trabajo o cargas familiares, con sistemas de evaluación alternativos y exámenes finales con apoyo del profesorado.

También ayudaría una docencia híbrida de verdad: clases teóricas grabadas que puedan seguirse a cualquier hora (también cuando los niños ya están dormidos), reservando la presencialidad para las prácticas, los laboratorios y los debates en los que estar en el aula aporta algo.
Por último, los estudios podrían organizarse por módulos que den lugar a certificaciones intermedias. Así, si alguien tiene que interrumpir la carrera por trabajo, por una mudanza o por la llegada de un bebé, no pierde todo lo que ha aprobado.
Menos épica y más derechos
Existe una imagen muy romántica del estudiante trabajador: el que duerme tres horas, estudia de madrugada y se gradúa a base de un esfuerzo sobrehumano. Es una historia que gusta contar, pero que normaliza la precariedad y disculpa las carencias de una universidad poco flexible.
Porque por cada persona que termina la carrera agotada, hay muchas otras que se quedaron por el camino, desgastadas por las trabas administrativas y la falta de apoyo.
Como madres y padres, queremos que nuestros hijos puedan estudiar lo que les ilusione, vengan de donde vengan y tengan que trabajar o no. Y como sociedad, deberíamos querer lo mismo para cualquier adulto que decida formarse. Una educación realmente justa no debería exigir actos de heroísmo individual para salir adelante. Lo que hace falta es garantizar condiciones que permitan estudiar y trabajar sin que eso se convierta en una odisea. Si la universidad quiere ser un motor de igualdad, tiene que empezar por ahí.
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